Si a alguien se le ocurriera preguntar
por qué, no sabría qué responder; pero lo cierto es que cada vez que cruzo por
una senda peatonal, intento pisar con todo el pie las franjas blancas evitando
las separaciones entre una y otra. Es mi secreto. Un desafío personal que
abandono no bien me doy cuenta de los movimientos torpes que ejecuto para
llevarlo a cabo.
En eso estaba aquel mediodía mientras
cruzaba Pavón. Recuerdo bien que el “doremí” se me desafinó antes de lo
previsto y mi paso no tardó en entorpecerse. No lo dudé, dejé de lado mi
jueguito perverso, levanté la cabeza, y te vi. Venías cruzando en sentido
contrario. Te reconocí al instante; te miré y tu mirada me dijo que nada
de lo que veía era nuevo. Ahí estábamos los dos cruzando la avenida, inmersos
en el calor pegajoso de nuestro bendito verano, tanto como en una mirada mutua
que más que hablar, ametrallaba tantas palabras por segundo como para bajarle
todos los cristales al coqueto “El Clavel”. Después tu hombro derecho pasó rozando el mío y te perdí en el rulo de la ola de gente que va y viene como una marea
inquieta y eterna.
Cuánto duró la imprevista cita de nuestros ojos. Quizás un segundo o menos. “Un abrir y cerrar de ojos” sería la figura ideal, pero redundante y empalagosa en este párrafo. Entonces redundemos y empalaguemos porque eso fue lo que duró, ni más ni menos.
Cuánto duró la imprevista cita de nuestros ojos. Quizás un segundo o menos. “Un abrir y cerrar de ojos” sería la figura ideal, pero redundante y empalagosa en este párrafo. Entonces redundemos y empalaguemos porque eso fue lo que duró, ni más ni menos.
Crucé casi corriendo lo que me quedaba
de calle y ataqué al primer teléfono público que tuve a mano. Al tercer o
cuarto tono escuché la miel del claro dialecto de tu voz, Hola, Hola soy yo,
dónde estás, En Palermo, trabajando…Y de golpe sentí que la fuente de la plaza
me caía en la cabeza, descarrilaban los trenes para golpearme en las costillas
y la senda peatonal recién pisada se me ajustaba al cuello como un cierre
relámpago. Ya no supe qué decir; esperaba oír: "Estoy en Lanús, acabo de cruzar
Pavón, eras vos", o algo por el estilo, pero no. Estabas en Palermo. Yo con las
partituras mojadas improvisé un, Podríamos vernos hoy, respondiste, Quizás
mañana, ¿te parece?, Claro. Me apuré a cortar, puse en capilla a mis ojos y a mi
memoria y alargué el paso en busca de la estación.
A dos metros estaba del tren cuando las
puertas se cerraron con rabia. Un minuto después el andén quedó desierto.
Mientras esperaba el próximo servicio apoyado en la baranda, encendí un
cigarrillo y me dediqué a buscar en la mochila birome y papel para dejar
constancia de lo ocurrido minutos (o pasos) antes. Estaba muy concentrado en la
búsqueda cuando una voz me sobresaltó, Me das fuego; a mi derecha hablaba un
avejentado hombre de unos cincuenta años al que no había visto antes en el
andén. Si, cómo no, respondí, y en el mismo momento en que mi mano derecha, en
el bolsillo, intentaba pescar el encendedor, el tipo dice en voz baja, casi
confidente, Era igual eh, dos gotitas de agua. Quedé petrificado, fui por un
momento una estatua de sal en plena Estación Lanús. Un segundo después me miró
y volvió a la carga, Si vas a escribir la historia hacelo bien, no cómo estás
por hacerlo, y en lugar de fuego dejame el pucho que ahí viene “el de y cinco”.
Subí al tren sin mirar hacia atrás.
Dentro del vagón algunos me miraban y bajaban rápidamente la cabeza. Otros
dormitaban. Yo viajé parado y pensando que, bien o mal, debía escribir la
historia; y que el relato podría servirme, por lo menos, para blanquear mi
miedo a quedarme atrapado para siempre, entre dos líneas blancas de alguna senda
peatonal.
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